Hará cosa de un mes me llamó el negro, un amigo,
diciéndome que se había mudado con Pirucha, su pareja, y el hijito de ella a
una casita cerca de la estación de Temperley. Me emocioné mucho con la noticia:
al negro y a la Piru los conocemos hace años, cuando recorrían los pasillos de
la villa sucios del tizne de los cables de cobre que quemaban para conseguir la
moneda para fumar paco.
Con el negro pegamos onda desde el principio:
tipo manso, humilde, recto: _ ¿por qué no fuiste a desayunar hoy negro?_
preguntábamos a veces, _porque hoy estoy re duro y sabés que no me gusta que me
vean así; aunque soy fisura tengo códigos_.
Siempre me intrigó cómo podía ser que un pibe
joven y de corazón noble como el negro se echase a perder con tanta intensidad:
sus giras eran feroces, tres, cuatro, cinco días deambulando de acá para allá,
mirada perdida, mendigo de afectos, infinita tristeza.
Un día tocó fondo… estando desayunando en Niños
de Belén, uno de los hogares de Caacupe, la parroquia de la villa 21, le agarró
un ataque de epilepsia fortísimo… la naturaleza pasa su factura tarde o
temprano…
En esa época estábamos tratando de articular
esfuerzos con los efectores del estado: esa semana habíamos tenido reuniones
con la gente del centro de salud barrial así que rajamos para allá. A pesar de
su buena voluntad, y producto de esos malos entendidos burocráticos que tan
caro pagan los pobres, la ambulancia no venía… y no venía… cortamos por lo
sano: el cura agarró su auto y le metimos quinta a fondo al hospital… el negro
llegó arañando, pero llegó…
A partir de ahí el negro le apostó a la vida
con fuerza y ahínco: al salir del hospital se internó en una comunidad
terapéutica, donde de a poco pudo ir reencontrándose consigo mismo, con la
sociedad, con Dios… se fue amigando con su pasado, con las heridas, con su
familia… se supo parte…
Recuerdo como si fuese ayer cuando hace justo
un año fuimos caminando juntos a Luján para saludar a la virgen y agradecerle
por ser madre. Quizás la clave esté ahí… si a la vida la peregrinamos entre
todos, llegamos todos…
Hoy el negro y tantos otros viven en una “casita
amigable”, lugares que la Iglesia ha ido consiguiendo con el esfuerzo de
innumerables personas y organizaciones y que se han transformado en verdaderos oasis
para el desierto de tantos pibes. Si el problema del paco es el de la exclusión,
es uno que nos involucra e interpela a todos, porque la única forma de hacer
lugar es entre todos.
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