jueves, 27 de septiembre de 2012

El abrazo (com)partido

Parece ser que la Lío siempre fue eso, un lío. Con 22 años la loca recorre Alcorta como pez en el agua: conoce los horarios de los camioneros querendones, las rutas de acceso de los turistas de tantos barrios que frecuentan los pasillos en busca de esa mugre que los haga escapar, los comedores de esperanza y las cocinas del dolor, toda la Zavaleta.

Nació y se crió en pleno arrabal, ese que no aparece en la guía T y que alimenta el morbo de tantos Grañas y secuaces, y porque no, el tuyo y el mío. Yo anduve por ahí: tiene cosas buenas y cosas malas, como todo en la vida. Parece ser que a esos artistas de la miseria les faltó pintar la otra parte del cuadro.

Pero volvamos a nuestro lío. Padre y madre casi que no tuvo, al menos no como vos y yo los concebimos, asique se hizo solita y de abajo. Como pudo, como la dejamos. Muchos machos, poco amor; muchos nenes que se hicieron ajenos con el tiempo. Visera calada, lentes negros, llantas Adidas, conjuntito Nike: una piba chorra de manual.

Cuando nos conocimos la vi re puesta: Gancia berreta en mano, agitaba sus brazos como queriendo volar. Había tenido bronca con otra piba de la ranchada por un don Juan de ocasión: un puntaso y a otra cosa mariposa. Los mismos pibes al toque me dijeron que tenga cuidado: “la Lío parece turra pero es peor: es más mala que el paco”. Pasé silbando bajito, saludé y seguí mi ruta. No sea cosa que se la agarrase conmigo. Desde aquel día le tuve miedo.

Cada vez que nos veíamos me sentía incómodo, y me notaba más distante que con el resto de los pibes. Ella, en cambio, fue siempre fiel a su estilo: alto cachivache, era alegre y divertida cuando estaba fresca, ofuscada y virulenta cuando puesta. Nunca me faltó el respeto ni hizo nada para ofenderme, y sin embargo hay ideas que se instalan en la cabeza y que empiezan a crecer aún cuando la realidad no condiga. Le tenía miedo y eso había hecho carne en mí.

Así fueron pasando los años hasta que ocurrió algo que me conmovió y ayudó a romper barreras: Francis, un africano que le venía escapando a la guerra civil en su país de origen, Angola, fue herido de bala y llevado al hospital de la zona. Chocolate, como le decíamos, era un paria entre los parias: inmigrante, con dificultades para comunicarse en castellano, pobre, solo, adicto a la pasta base. Y encima ahora estaba herido de bala en un hospital público desbordado que suele “ajustar” por el eslabón más débil, la gente en calle… gracias a Dios que estaba la Lío para acompañarlo…

Fue la única que preguntó por él, la única que destinó parte del dinero de la dosis diaria para comprarle elementos de higiene y caramelos de dulce de leche, esos que tanto le gustaban al negro. Y cuando Chocolate se escapó del hospital, porque lamentablemente la gran mayoría lo hace, fue la única que lo cagó a pedos y que luego le daba de comer para que su dieta no fuera solo de base.

Al ver esa actitud algo en mi cambió, y supe en el fondo del corazón que Lío era otra, que el personaje nunca terminaría de fagocitar la humanidad en ella.

Y así fue… recuerdo que para esa época yo estaba pasando un mal momento personal y familiar, estaba muy triste… y Dios nos juntó esa mañana gris de otoño… nos vimos los dos, solos, como llevando la vida a la rastra, y entendimos… y nos abrazamos en silencio… y lloramos… nadie dijo nada, no hacía falta… ese instante fue eterno… Supe en el fondo del corazón que Lío era otra, que el personaje nunca terminaría de fagocitar la divinidad en ella…  

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