miércoles, 7 de noviembre de 2012

La virgen de Fátima


Esta es la historia de una negrita linda, de sonrisa franca y pelos enrulados que la vida le jugó una mala pasada. Se llama (ba) Fátima, y ahora tendría veinte años.
Nos conocimos hace mucho en Zavaleta, cuando salíamos con el Padre Tano y cien nenes a alegrar las tiras del barrio con la murga de la parroquia. La idea era sencilla: ofrecer un espacio sano, con líderes positivos, contención y mucho amor. Y la negra se copaba: tiraba cada patada como si fuera la última, y en las salidas se pintaba de brujita o payaso, lo que resaltaba esa sonrisa que no quiero olvidar nunca más.
Recién llegado, y sin ninguna experiencia, Fati me llamó la atención desde el principio: era la primera en aparecer y la última en irse, como si quisiese detener ese instante y gozarlo con inocencia, como solo los nenes saben hacer.
Así estuvo todo ese primer año, allá por 2006, pero luego de las vacaciones algo cambió. No se muy bien si era su mamá biológica o del corazón, pero la cuestión es que la señora con la que vivía falleció. En la villa es muy común que las mujeres críen, eduquen y cuiden chicos ajenos, verdaderos ángeles de la guarda que Dios pone en el camino de los más pequeños. Para la negrita fue la última oportunidad de ser feliz (?)
Luego de varios meses la vi cerca de la cancha de Huracán fumando paco, me acerqué, nos abrazamos y le pregunté en qué andaba su vida. Me contó con lujo de detalles como un “tío” decidió darle cobijo en su casa con la condición de atenderlo a él y a todos sus amigos, muchas veces a cambio de paco, que ayudaba a no sentir. Me dijo que no podía charlar mucho porque estaba trabajando: con sus quince añitos empezó a frecuentar la Avenida Amancio Alcorta, famosa por los camioneros y autos que levantan chicos y chicas para tener diez minutos de sexo frío y desalmado. Día a día se iba encerrando en el infierno. Y sin embargo tenía esa sonrisa…
Esta changuita sobrevivió un par de años así, entre pipas, forros y volquetes de basura, padeciendo sífilis, VIH y TBC. Su adicción al paco se hizo fortísima y toda estrategia por parte de la parroquia quedaba corta. Me acuerdo que una vez, hace dos años y a raíz de un posible embarazo que no fue tal, logramos que una voluntaria del Hogar de Cristo la llevase unos días a su casa. En familia, con mimos y dulce de leche, tratamos que madure la idea de una internación pero no le dio el cuero.

Desde ese día no la vimos más. ¿Seguirá viva? Quien sabe…

De tanto en tanto, cuando voy a rezar a la parroquia de mi barrio veo la imagen de la Virgencita de Fátima y la veo sonriendo. No puedo dejar de imaginarme a la negra y sus harapos que brillan como la aurora… y esa sonrisa…



domingo, 28 de octubre de 2012

Quizás


Bartimeo (Mc 10,46-52) me hizo acordar a alguien...

Gabi nació en el 78´, en una época jodida; y su vida fue así, jodida. Hija de una familia numerosa, quizás haya pasado su niñez en Laferrere, chapoteando entre casillas y pasillos de barro. Quizás haya tenido que salir a laburar de chiquita, cirujiando con su viejo y sus hermanitos en un carro tirado por un matungo cansado, como su espíritu. No lo sé.
Quizás haya terminado la primaria a duras penas, y quizás rápidamente haya caído en la cuenta que con un bebito a los quince iba a ser imposible encarar el secundario. Quizás el horizonte se haya ennegrecido cuando su papá se fue con una pendeja y su mamá se quedaba sola con tantas criaturas. No lo sé.  
Quizás se haya arrepentido una y mil veces de aquel fatídico momento en que decidió no escuchar más a su corazón: jalar una bolsa, dos bolsas, todas las bolsas hasta que ya no sientas parece ser la consigna para los predilectos del Padre. Al menos eso es lo que el mundo ofrece; quizás sea lo único que pueda ofrecer. No lo sé.
Quizás si hubiese escuchado el llanto de sus nenes no se hubiera tomado el tren a Constitución, y quizás si fuésemos mejores la habríamos parado cuando caminaba llorando por Alcorta hacia Zavaleta. No lo sé.
Quizás pasar esos tres meses durmiendo con uno de los tranzas del barrio no haya sido la mejor elección. Quizás no tenía por qué contagiarse de HIV, tuberculosis y sífilis. No lo sé.

Lo que si se es que en Julio de 2010 la vimos y nos conmovimos: estaba sola, deshecha, tirada al borde del camino. Hacía frío, el día estaba gris y se avecinaba un chaparrón. Y ella estaba ahí, crucificada.
Lo que si se es que después de diez minutos de charla, mate cocido de por medio, se animó a mirarme a la cara. Su mirada me desgarró: quería pedirle perdón, quería pedirle misericordia, quería pedirle que se acordase de mí en su Reino.
Lo que si se es que ese mismo día la pasó a buscar la Trafic de la parroquia y enfiló para el Hurtado. Lo que si se es que ese mismo día terminó internada en el Hospital Muñiz, pabellón Koch, junto a los sidosos de la ciudad, esos que nadie quiere ver.
Lo que si se es que pasó el último mes de vida comiendo cuatro veces al día. Lo que si se es que pasó el último mes de vida durmiendo en una cama. Lo que si se es que le gustaban los Sugus masticables.
Lo que si se es que un día Dios quiso ser Dios, dejándonos en claro que nada puede separarnos de su Amor, ni siquiera nosotros mismos. Un buen día ubicamos a María del Socorro, su mamá, a Jesús, su padrastro, y a dos de sus hijos: faltaban tres días para el cumple de Gabi. Paradójicos los nombres, paradoja su destino.
Lo que si se es que ese día nos divertimos. Lo que si se es que ese día hubo alegría. Lo que si se es que en el Koch había olor a Reino. Lo que si se es que al día siguiente una hermanita partía al regazo del Padre. Y hubo fiesta.
¿Dónde está tu victoria hermana muerte?


miércoles, 17 de octubre de 2012

AUPA (que entre todos salimos)

El problema más grave de la Argentina es que un tercio de la población vive en la pobreza. El cepo cambiario, la reforma constitucional o la inseguridad son temas importantes que pueden impactar eventualmente en la pobreza, pero no son el problema fundamental; la pobreza lo es. Es por eso que las políticas sociales son de vital importancia. Lamentablemente, dada nuestra fragilidad institucional, los recursos destinados a ellas frecuentemente son distribuidos de manera clientelar. (...)
Mientras que las cooperativas se constituyen mediante la asociación horizontal y voluntaria de sus miembros, las de Argentina Trabaja son establecidas verticalmente. La autoorganización -característica fundamental de las cooperativas- es nula y las decisiones son impuestas. La figura de cooperativas es una fachada bajo la cual el Estado organiza cuadrillas de trabajo a las órdenes de capataces. En gran parte estas cuadrillas realizan tareas propias de empleados municipales. Cabe preguntarse si este tipo de programa no termina desvalorizando el concepto de cooperativa y propiciando desde el Estado el trabajo precario.
 
Al leer el artículo de Rodrigo Zarazaga (http://www.lanacion.com.ar/1517272-las-politicas-sociales-que-siguen-faltando), cura villero y candidato a doctor en ciencia política por la Universidad de Harvard, no pude dejar de reflexionar sobre dos males propios de estas latitudes y estos tiempos: la tergiversación de los conceptos y el (ab)uso de herramientas por un lado, y el oportunismo y la falta de perspectiva estratégica para el futuro por el otro. Humildemente no creo que sean cosas menores: el cambalache es caldo para la apatía y el individualismo exacerbado, la marginación y la muerte.
 
Recuerdo cuando hace dos años, en el centro que integra a los pibes de la villa que cayeron en el flagelo del paco, se nos presentó una tensión: el hogar fue creciendo mucho a medida que iba acompañando más vida y más vidas, y estaba claro que estabamos pasando a otra etapa. En un primer momento nos manejábamos con voluntarios que le metían mucha garra pero que obviamente tenían otras obligaciones; como todo en la vida, ser voluntario tiene su aspecto positivo y sus limitaciones.
Cuando nos dimos cuenta que el paco era la punta del iceberg, y que detrás de un pibe había un deficit estructural en familia, salud, educación, vivienda y todo tipo de derechos vulnerados, quedaba claro que algo había que hacer para poder "profesionalizar" la atención, sin perder por ello la empatía y el amor, herramientas fundamentales para el éxito de toda empresa.
Uno de los referentes del hogar, misionero de alma que vivió más de una década en parajes pobres del NOA, planteó la posibilidad de armar una cooperativa. El lo había hecho con campesinos en Catamarca, para que asociándose pudieran obtener mejores precios para sus productos agrícolas. 
La idea era hermosa por su sencillez y sus implicancias: armar una herramienta práctica y que se adecúe a la realidad del barrio, que permita que aquellos pibes que estaban recorriendo un camino de recuperación (o aquellos que, como quien les escribe, se sintiesen llamados a ser parte de esto) pudiesen ganarse el mango ayudando a incluir. 
 
Buscando en la bandeja de entrada del mail me encontré con este correo...
 
De a poco va tomando forma color y calor el proyecto de la cooperativa. La primera reunión se celebró en Casa Social el 14 de septiembre. Ese día Gustavo explicó los fundamentos del cooperativismo y los beneficios de conformar una cooperativa de trabajo. Se voto por unanimidad la propuesta y la necesidad de reunirnos una vez por semana, además se eligió como secretario de actas a Coky asistido por Lara. Este proyecto comienza a funcionar como una pre cooperativa... Recibiremos el apoyo económico del Ministerio de Trabajo de la Nación, a través del programa “Entrenamiento para el Trabajo”. Luego de esta primera etapa de práctica que durará ocho meses, se conformará definitivamente cumplimentando todos los requisitos exigidos legalmente. Aunque todavía no esta dicha la última palabra sobre el nombre, ya la denominamos entre casa “Aupa” (Acompañantes de Usuarios de Paco)... Nace del mismo espíritu del Hogar de Cristo, y ya vamos dando los primeros pasitos. Todos los martes nos reunimos, los chicos, colaboradores, voluntarios, todos miembros de la cooperativa, a discernir el espíritu del cooperativismo, haciéndolo practico en cada decisión que se toma. Se señalan las tareas a realizar y vamos repartiéndolas y analizando como fue la semana anterior. Desde acompañar una internación hospitalaria, la tramitación de un DNI o buscar vivienda, visitar a alguien que reside en una Comunidad Terapéutica, llevar medicación a alguien que está en consumo… así de variadas son las actividades relacionadas con las necesidades de aquellos a quienes acompañamos. También vamos formándonos con la ayuda de profesionales que a lo largo del proyecto nos Irán capacitando en los distintos aspectos. Todo es entusiasmo en una doble misión ayudar y ayudarse, y salimos nutridos y satisfechos. La cooperativa no solo es una salida laboral con un espíritu solidario sino que además tiene un efecto multiplicador que nos ayuda a poder cubrir las necesidades cada vez mayores del Hogar de Cristo, y dar respuesta a más hermanos que nos necesitan.
 
 
 
Tenemos que volver a creer en nosotros mismos. Solo hace falta cabeza, corazón y manos a la obra.
Si se puede.

jueves, 11 de octubre de 2012

Semilla amarga, fruto dulce

No se si será la primavera o los años que uno va juntando, y que también amontonan los demás; la cuestión es que veo parejas jóvenes embarazadas por todos lados. Sin ir muy lejos, mi hermano y su mujer tuvieron a Rochi hace poquito, una gordita hermosa que nos trajo alegría a muchos.
Veo a la cachorrita de brazo en brazo, jugando, sonriendo, llorando, viviendo, pura esperanza, y me pregunto por todas aquellas vidas que estamos dejando de lado, por nacer y ya nacidas.
 
Me acuerdo de una historia que me contó una amiga y me impactó mucho. Ella, miembro del PC, es una maestra muy comprometida y con oficio: participa de un proyecto de alfabetización para mujeres en villas de la ciudad. Una de sus estudiantes quedó embarazada reiteradas veces y decidió abandonar. A raíz de esto comenzaron a discutir el tema del aborto: utilizando argumentos logicamente válidos, trató de presentar al aborto como una opción adecuada, especialmente en casos límites. Muchas de las mujeres que formaban el curso estaban de acuerdo, pero ella se dio cuenta que una de ellas se puso muy triste. Le preguntó por qué se había puesto así y esta mujer, mirando al piso y hablando con vergüenza, dijo que nunca estaría de acuerdo con el aborto... ella había sido el fruto de la violación que sufrió su madre de manos de su tío... todos los días le daba gracias a su madre por darle una oportunidad...

Estoy convencido que el aborto no es una solución... al dolor no se lo combate con más dolor...
 

martes, 9 de octubre de 2012

El que se va sin que lo echen...

El tío va para los 33 años: negro uruguayo y porteño de ley, es una mezcla bien rioplatense. Noble y leal, medio terco y cabezón, le tocó nacer en una villa de la Boca, y como muchos de sus amigos del barrio ya de chiquito conoció la violencia. Desde los catorce años empezó a visitar los lugares patrios que la sociedad les tiene reservado a aquellos que sobran: el Instituto Roca, el Agote, el San Martín y el Belgrano. Con el tiempo empezó a jugar en primera: Marcoz Paz, Ezeiza, Devoto... Es que si no estás en la escuela o en el laburo en algún lugar tenés que estar...

A veces me pregunto que estarán pensando aquellos próceres que hicieron posible este país. ¿Se habrán arrepentido?

Pero no escribo para despacharme. Hoy quiero contagiar esperanza de la mano del tío, un amigo, un hermano, y desde hace un tiempo, un compañero de trabajo.

Dejemos que él hable y nos cuente parte de su historia...

El Hurtado* para mi significa muchas cosas.  Cambió gran parte de mi vida.  Antes de ir a Hurtado yo era un pibe complicado, andaba delinquiendo y vivía preso.  En 2009,  a mediados de agosto, mi hermano andaba mal anímicamente y yo recién llevaba dos meses en libertad.  Seguía medio complicado con mi consumo y con esos fantasmas que me decían: “ANDA A ROBAR”.  Pero en ese momento mi obligación era ayudar a mi hermano que andaba mal anímicamente y deprimido.  Hasta que un día de agosto me dijo que lo acompañara a Hurtado y yo le pregunté: “¿Qué es eso?”, “Un lugar re bueno, donde nos van a ayudar”, me dijo, y fui.
Como acompañante,  compartía los grupos y lo único que quería era que mi hermano estuviera bien.  Pero no me daba cuenta de que yo también necesitaba ayuda; hasta que un día en el grupo me hicieron ver la realidad y era que yo también estaba enfermo.  Y hoy por hoy, gracias a ese lugar, mis pensamientos son otros.  Ya llevo 2 años y dos meses sin delinquir,  NO SOY el pibe que si no tenía las últimas ADIDAS no era nadie. Hoy no las tengo y soy un pibe bueno, humilde y puedo vivir dignamente sin sacarle nada a nadie.  Me siento feliz por el apoyo que encontré en ese lugar maravilloso.   Ese amor y cariño que tanto necesitaba... 
Hoy estoy internado en la Granja** para remarcar algunas actitudes que me faltan, pero puedo decir que no soy más  un delincuente y ojala mañana pueda decir que no soy más un drogadicto y un alcohólico y pueda formar una familia, tener mi trabajo, y mi casa digna y poder darle ese mensaje que recibí, ese cariño y ese amor a esos chicos que están en las calles consumiendo y delinquiendo por el consumo.

El otro día me lo encontré al tío y charlamos un rato. Me dijo que estaba visitando pibes privados de su libertad en Ezeiza, el mismo penal en donde dejó varios años de su juventud cumpliendo condena. Emocionado me contó como al subirse a la camioneta que te lleva de la entrada a los pabellones reconoció al guardia. _Qué loco Gimenez, ¿no?; antes iba en la caja, esposado y triste y ahora viajo al lado suyo, y vengo para tratar de compartir esperanzas... hoy salgo como vine, por la puerta principal..._


El tío me emociona y me hace pensar... ¿por qué será que la gran mayoría de los presos son pibes y pibas, gente joven y pobre? ¿será el derecho penal la mejor forma de crecer y mejorar como sociedad? ¿es el deseo de una real reinserición lo qué motiva la existencia de las cárceles? y si efectivamente es así, ¿las cárceles reales logran dicho objetivo? ¿y qué hacemos con aquellos que nunca estuvieron insertos? 

Castigar al castigado no nos ayudará a vivir mejor...
* El centro de día San Alberto Hurtado es parte del Hogar de Cristo, la propuesta de la Iglesia Católica de Buenos Aires para recuperar a los pibes que cayeron en el flagelo del paco en la villa 21-24-Zavaleta. Hay otros centros de día en diferentes villas de la ciudad.

** La granja Madre Teresa es la segunda instacia del Hogar de Cristo: aquí aquellos jóvenes que han hecho un primer camino en el centro de día pasan varios meses para conocerse, encontrarse con Dios y buscarle el sentido a la Vida.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Próxima estación... Esperanza

Viernes tempranito, Plaza Constitución, línea Roca, mate y libro, destino… Temperley.

Hará cosa de un mes me llamó el negro, un amigo, diciéndome que se había mudado con Pirucha, su pareja, y el hijito de ella a una casita cerca de la estación de Temperley. Me emocioné mucho con la noticia: al negro y a la Piru los conocemos hace años, cuando recorrían los pasillos de la villa sucios del tizne de los cables de cobre que quemaban para conseguir la moneda para fumar paco.

Con el negro pegamos onda desde el principio: tipo manso, humilde, recto: _ ¿por qué no fuiste a desayunar hoy negro?_ preguntábamos a veces, _porque hoy estoy re duro y sabés que no me gusta que me vean así; aunque soy fisura tengo códigos_.

Siempre me intrigó cómo podía ser que un pibe joven y de corazón noble como el negro se echase a perder con tanta intensidad: sus giras eran feroces, tres, cuatro, cinco días deambulando de acá para allá, mirada perdida, mendigo de afectos, infinita tristeza.

Un día tocó fondo… estando desayunando en Niños de Belén, uno de los hogares de Caacupe, la parroquia de la villa 21, le agarró un ataque de epilepsia fortísimo… la naturaleza pasa su factura tarde o temprano…

En esa época estábamos tratando de articular esfuerzos con los efectores del estado: esa semana habíamos tenido reuniones con la gente del centro de salud barrial así que rajamos para allá. A pesar de su buena voluntad, y producto de esos malos entendidos burocráticos que tan caro pagan los pobres, la ambulancia no venía… y no venía… cortamos por lo sano: el cura agarró su auto y le metimos quinta a fondo al hospital… el negro llegó arañando, pero llegó…

A partir de ahí el negro le apostó a la vida con fuerza y ahínco: al salir del hospital se internó en una comunidad terapéutica, donde de a poco pudo ir reencontrándose consigo mismo, con la sociedad, con Dios… se fue amigando con su pasado, con las heridas, con su familia… se supo parte…

Recuerdo como si fuese ayer cuando hace justo un año fuimos caminando juntos a Luján para saludar a la virgen y agradecerle por ser madre. Quizás la clave esté ahí… si a la vida la peregrinamos entre todos, llegamos todos…

Hoy el negro y tantos otros viven en una “casita amigable”, lugares que la Iglesia ha ido consiguiendo con el esfuerzo de innumerables personas y organizaciones y que se han transformado en verdaderos oasis para el desierto de tantos pibes. Si el problema del paco es el de la exclusión, es uno que nos involucra e interpela a todos, porque la única forma de hacer lugar es entre todos.

sábado, 29 de septiembre de 2012

La cultura de la vida en nuestros barrios

Un lúcido amigo que escribe desde el margen. Una mirada que vale la pena tener en cuenta.

El contacto pastoral con nuestra gente nos mueve una vez más a querer compartir con todos ustedes algunas reflexiones que surgen de la vida cotidiana de nuestros barrios. Ya en otras ocasiones hemos mencionado los innumerables valores humanos y evangélicos que se viven en estas periferias de nuestra ciudad: la familia, el sentido religioso de la vida, la solidaridad como forma de vida, la capacidad de sacrificio en el trabajo honrado son algunos de esos valores subyacentes a la vida de la gente más humilde y sencilla. Pero en esta oportunidad queremos concentrarnos en aquel valor primordial que nuestra gente custodia con celoso fervor: la opción por la vida.

La vida nunca un derecho, siempre un don y una llamada

Lo primero que queremos mostrar es como en el corazón de nuestro pueblo sencillo está latente una conciencia de que la vida no es un derecho “mío”.
La vida es un don gratuito e inmerecido que nos regala todos los días Nuestro Creador; por eso la vida esconde también un llamado de Dios a cuidarla y “administrarla” según las leyes de Dios; “como Dios manda”. Algún viejito sabio decía por ahí: “no somos sueltos” hablando de su necesidad de rezar por la salud de su hija muy enferma por esos días. Con esta expresión aquel hombre expresaba esa dependencia permanente de la vida que sólo siente el hombre y la mujer pobre que tiene muy pocas seguridades en las cuales asentar su vida.
A la vez esta expresión tan elocuente deja entrever que esa dependencia real que existe entre la vida de cada ser humano y su Creador va tejiendo un diálogo en donde el misterio de la vida da cada uno se siente como un llamado a ser “alguien” capaz de amar, gozar y sufrir. Corrido de este lugar la vida de cada uno empieza a parecerse más a una supervivencia diaria cuando no a un derrotero incierto de acciones totalmente fragmentadas carentes de sentido y vacías de contenidos auténticamente humanos.
La vida se construye desde el don que se hace permanente llamado de Dios y la respuesta que cada uno de nosotros va dando desde su libertad. Sabemos que esta experiencia cotidiana de la vida puede chocar contra muchos conceptos ilustres y elaborados que algunos construyen en los distintos laboratorios filosóficos y culturales donde todavía está ausente la dinámica personal, espiritual, comunitaria e histórica con la que vivimos en nuestros barrios. Nuestra gente humilde sigue dando un testimonio silencioso pero lleno de luz; la vida es un hecho antes que una idea. De esto se deriva el orden y el modo de su tratamiento: primero vivir, escuchar, sentir hondamente y saborear lo que pasa en nosotros y en la historia; luego reflexionar (volver a mirar lo ya vivido) y lograr forjar en nosotros un sentido nuevo a partir de lo vivido.
Es importante descubrir esta verdad: nuestra gente recibe la vida como viene, la abraza, la cuida tratando de hacerla crecer en todos sus sentidos. Y la primera manera que encuentra de traducir esta certeza es en el cuidado de la salud. Es bien conocida la expresión en nuestros pasillos: “si tenemos salud no nos falta nada”; de hecho muchos de los lugareños de nuestros barrios vinieron acá buscando zanjar una enfermedad, o alguna cirujía importante que en su tierra no se podía hacer o quizá en busca de algún medicamento especial. Incluso muchas madres jóvenes se vinieron desde muy lejos para darle un mejor tratamiento a su embarazo o queriendo cuidar mejor la salud de sus hijos o nietos.
En este sentido si la primer manera de cuidar la vida es el cuidado mínimo de la salud nos preguntamos: ¿porqué siguen siendo tan escasos los recursos, insumos y el personal de la salud en nuestros barrios?. Y si no miremos a las madres que hacen larguísimas colas en mañanas heladas con niños en brazos en los centros de salud para pedir un turno, o buscar un remedio para su bebé o quizá para pedir un kilo de leche en polvo sabiendo en la mayoría de las veces que se irán con un fracaso más encima. Por estas latitudes de la ciudad y a estas horas matinales no llegan a tierra firme los proyectos tantas veces muy bien intencionados que buscan cuidar los derechos de la mujer y del niño.
Por otra parte cuantas chicas, mujeres que padecen enfermedades tan crudas como el HIV, la tuberculósis, la sífilis no encuentran un acceso simple y llano a un tratamiento permanente y prologado para llevar la cruz de semejantes enfermedades. Pareciera que si no hay alguien que luche detrás de ellas en el hospital, alguien que de la “cara” por ellas no reciben la atención que merecen. El sistema expulsivo que padecemos le sigue diciendo a estas madres con sus niños: “no quiero que existas” y allí la marginalidad encuentra el humus perfecto para seguir forjando adeptos.
En esto debemos reconocer la entrega inmensa y generosa de un millar de médicos, enfermeros y asistentes sociales que luchan y viven con heroísmo lo pequeño del deber de cada día pero que el árbol no nos impida mirar el bosque para poder seguir encontrando caminos que nos ayuden a vivir más dignamente.
En este sentido queremos destacar que las mujeres más sencillas, crecidas en la sabiduría popular de sus madres y de sus abuelas tienen bien grabado en su almas que se llega a ser una buena mujer en la vida siendo una buena madre. El ser y hacerse mujer está íntimamente ligado al acontecimiento fundante de la maternidad. El hecho de ser madres es un llamado de Dios, es una vocación de entrega y de felicidad; toda su persona y su destino se juega en ello. Es tan fuerte y sagrada, tan entrañable y visceral la maternidad vivida en nuestros barrios que todas las otras dimensiones de la vida encuentran su sentido y su lugar sólo desde ella.
Por eso la cultura de la vida en nuestros barrios se encarna esencialmente en la cultura de la maternidad. Ser madre no se mira como un impedimento a la realización personal como mujer sino como un camino de plenitud, que sin duda tiene momentos áridos y desconcertantes; escollos sociales y económicos, encarna miedos profundos y dudas que hacen crujir los suelos de la existencia personal y familiar. Sin embargo, en esos momentos la decisión de tener a sus hijos a pesar de todo y con todo hace más fuerte su decisión indeclinable de aferrarse a la vida.
Es cierto la plenitud de la maternidad aparece con el tiempo, tiene sus ritmos y sus modos propios muy lejanos de ansiedades turbulentas y efímeras del “aquí y ahora” que muchas veces impone la cultura de la ciudad también muy metida en nuestros barrios.
Pero miremos ahora a esas chicas que aunque muy jóvenes y muy pobres han decido tener a sus hijos. Por ejemplo aquella joven que trabajaba en el servicio doméstico de una familia con un buen pasar económico y que al contarle a su patrona de su embarazo le propuso “sacárselo” a condición de perder el trabajo. Escuchemos la respuesta sabia de esta mujer: “señora siempre fui pobre, nunca tuve nada y usted me quiere sacar lo único que es mío.” Y así con una lágrima sagrada y dejando íntegra y fuerte su dignidad de mujer dejó aquel trabajo y quedó sola sin nada ni nadie en la calle. Hoy ha encontrado un lugar para vivir y tiene a su hijo con ella; lo deja en una guardería y trabaja todos los días. Su sonrisa brilla, su corazón se agiganta cuando sabe que va llegando a su casa y que su hijo la espera para agradecerle el simple hecho de vivir.
Pensemos en esa chiquita de sólo catorce años que habiendo quedado embarazada de su primer noviecito decide encarar a sus padres para contarles y recibe gritos, acusaciones y reproches de sus padres. Con dolor en su alma de niña escucha de ellos mismos la propuesta atolondrada y alienante de “quitarse el bebé”. La niña con corazón de madre sintiendo que el mundo se desmorona sobre sus hombros grita dejando salir ese rugido feroz y maternal: “aunque tenga que tener a mi hijo en la calle, yo quiero tenerlo”. Sin duda que aquel coraje de madre primeriza hizo sufrir mucho a los padres que hoy mirando a su nieto le piden perdón a Dios por haber pensando en aquella siniestra posibilidad.
Pero miremos a esa chica de veintitrés años; trabajadora, estudiosa y criada en una familia numerosa tan pobre como digna en su vivir. Ella viene transitando un noviazgo largo y desgastado de años con un muchacho igual de bueno, honesto y sacrificado que ella. Queda embarazada y ella siente que su relación de noviazgo no está preparada para fundar una familia y entonces empieza a morder en su conciencia la idea de hacer un aborto. Este pensamiento cobra cada vez más figura en su interior y empieza a conquistar su libertad. Empieza a preparar el escenario económico y a disponer la organización para concretar la decisión; todo parece estar aparentemente acomodado. El maquillaje de sus justificaciones ha dejado sedada su conciencia y ha anestesiado toda su maternidad; la pulseada parece haberla ganado la falsedad de sus argumentaciones egoístas.
Sin embargo, un día mira un bebé en brazos de su madre mientras viaja a su trabajo y de pronto le aflora en su corazón todo un mudo de recuerdos y sentimientos muy vinculados a la vida, a la familia y a la fe en la que ha crecido. El motor interior de su memoria espiritual le da fuerzas para repensar su decisión, se acerca a su madre lo comparte con ella y al decirlo reconoce la gravedad de la decisión que está tomando y entonces se desarma en un llanto profundo y desconsolado. Gracias a Dios esta mujer llegó a tener su hijo, hoy lo cría con su marido y piensan tener muchos hijos más; la crisis de su noviazgo era quizá no animarse a formar una familia; gracias a Dios pudo escuchar su corazón de madre y dejarse conducir por ese hijo hacia la paz.
Pero no es todo, la fe en Jesucristo nos hace ir más allá. Pensamos en tantas chicas y madres que viven en el seno de la marginalidad. Pasan sus días en la calle entre la alienación del consumo del paco y la degradación de la prostitución. Así van pasando los días sin destino, sin sentido, hacia la nada. De pronto quedan embarazadas y el hijo que llevan adentro crece en la calle con ellas; participa del consumo activamente, comulga con la desesperación de su madre por buscar dinero para consumir y sufre el coletazo de todas las enfermedades que vienen detrás: sífilis, HIV, desnutrición, descalcificación, etc.
Estas madres embarazadas en consumo y prostitución permanente es una situación escandalosa que clama al cielo y creemos que no podemos ser indiferentes. Tendríamos que pensar seriamente ¿qué atención reciben estas chicas cuando van a los hospitales estando en la calle? O también ¿qué seguimiento hay de esos embarazos?. Y si una chica se quiere recuperar estando embarazada; ¿qué lugares hay de tratamiento a la adicción para las embarazadas con posibilidades de tener a sus hijos con ellas mientras hacen el vía crucis de la recuperación? El atajo para resolver esta situación de inmediato tiene generalmente dos senderos: pensar que ellas son una amenaza para el bebé que nace entonces, en el mejor de los casos, cuando nace el bebé es urgente quitárselo o si el aguijón de la muerte llega antes inducir a la madre a que es mejor abortar ese bebé.
Ahora nos preguntamos: ¿no es mejor pensar que ese hijo es una enorme oportunidad de reconstruir ese tan ansiado sentido de su vida? ¿No sería más serio darnos repensar un camino de acompañamiento y prevención permanente para estas madres embarazadas que quieren tener a sus hijos aún estando en la calle sumergidas en la adicción? ¿Tendremos el corazón preparado para escuchar su desesperación y descubrir que todo nuestro organización social no sólo es expulsivo en muchos sentidos sino que de a poco se ha transformado en “abortivo”?
La Iglesia que vibra en su maternidad en estos barrios y no aborta nunca a nadie y ha sabido acompañar y conducir a muchas de estas chicas tan abandonadas pero a la vez tan madres. Es una paradoja más de la historia que las más marginadas sean en muchos casos las que conserven más vivo el sentido de la maternidad no por la calidad de su cariño o de su entrega seguramente pero si por su decisión tan aleccionadora de tenerlos igual.
Incluso muchas de ellas logran engancharse definitivamente con la vida a través de ese hijo que todos le aconsejaban abortar. El problema no son lo hijos que vienen sino la falta de acompañamiento y de cercanía real de toda la sociedad con sus madres. No nos confundamos el drama de la vida de estas mujeres no está en tener o en quitarse el bebé ya que la decisión de tenerlo es entrañable e inminente; la agonía de estas chicas y madres transita por la oscura sensación de que no hay nadie para ayudarlas a tener ese bebé y no encuentran un anclaje firme desde donde reconstruir sus vidas.
Pero miremos una de ellas a quien habíamos rescatado hacía sólo un mes y transitando el octavo mes de embarazo, llevando diez años de vida entregada al consumo y a la prostitución desenfrenada. Una noche mientras estaba por descansar en la piezita que le habíamos conseguido para que viviera con una pareja de novios ya recuperada sufrió una gran abstinencia, salió y empezó a caminar. Hacía mucho frío y estaba ya entrada la noche y mientras caminaba rompió bolsa y llegó a una conocida esquina de nuestro barrio donde no pudo más y entonces hizo llamar una ambulancia que como es acostumbrado llegó tarde. Mientras esperaba desesperada y sola pasó una amiga, vieja compañera de calle y de consumo; y con la ayuda de ella tuvo su hijo en la calle lo abrazo fuerte como si hubiera llegado a un puerto existencial seguro y con toda su maternidad a flor de piel emprendió su camino al hospital. Gracias a Dios en el camino llegó la ambulancia con médicos un poco avergonzados y pudo llevar su hijo al hospital.
Por otra parte nos parece importante tener bien presente el sigiloso testimonio de un sin número de madres torturadas por ese sentimiento de culpabilidad que sacude su alma reprochándole aquel acto desesperado que las condujo a realizar un aborto quizá hace años o décadas. Tenemos que poder escuchar esas voces quebradas de dolor y arrepentimiento que dicen en lo oculto lo que debemos gritar en las calles. Ellas saben y sufren lo que hicieron; el corazón maternal es visceral, entrañable, lúcido y elocuente en ricos y profundos sentimientos aún cuando el hijo ya no está con ella.
Aquel hijo que eligieron no tener es el mismo hijo que secretamente guardan y mecen en el silencio de su corazón y lo arropan con esa maternidad que aunque herida y confundida sigue permaneciendo no ya en la dulce espera de un nacimiento sino en la valiente esperanza de la resurrección final.
A pesar de no haber hecho ese parto natural y biológico de sus hijos muchas mujeres pueden por su arrepentimiento y el perdón de Dios hacer un parto espiritual de aquel hijo conquistando una relación muy misteriosa y profunda con ese “angelito” que vive junto a Dios. Son mujeres que atravesando el puente del Perdón de Dios logran salir del abismo infernal de esa culpa que carcome el pecho sin razón. Reconquistando esa ternura perdida logran vivir delante de su hijo que ahora está en el cuna eterna del Corazón de Dios. El cariño maternal que se había vuelto una bomba que implosionaba dentro del alma por no encontrar el cauce natural del hijo concebido, se ve transfigurado por la Luz de la Misericordia Divina y logra ascender hasta el Cielo. Y entonces aquel “hijo no querido” se transforma en el hijo más amado y aunque la herida de su ausencia no tenga consuelo la esperanza de tenerlo un día en sus brazos reconstruye desde adentro el amor a la vida y la decisión de tener futuros hijos.
No nos engañemos, la madre que aborta sufre mucho. Las llagas de su dolor no se curan con un barniz ideológico y cultural que alegando ser nuevo es ante todo artificial y etéreo que no logran tomar cuerpo en su corazón maternal. El dolor viene de muy adentro, de ese núcleo profundo y espiritual donde la madre siente que todos los consejeros de su aborto ya se han ido y ahora le han dejado en su regazo un sórdido gemido de la muerte que impregna su cuerpo y su alma. Un sentimiento que atraviesa todos sus estados interiores y todas sus horas, que congela sus deseos y destruye el sentido de la vida. Y ella ahora bañada por sus lágrimas sabe que si calla terminará de morir la flor de su maternidad y si comparta su infierno tiene que emprender el camino de la vida. Ambas decisiones son difíciles; gracias a Dios la vida siempre gana la pulseada y la mayoría de ellas logra hacer la dura escalada de encontrarse de nuevo con la posibilidad de tener un hijo.