Esta es la historia de una negrita
linda, de sonrisa franca y pelos enrulados que la vida le jugó una mala pasada.
Se llama (ba) Fátima, y ahora tendría veinte años.
Nos conocimos hace mucho en
Zavaleta, cuando salíamos con el Padre Tano y cien nenes a alegrar las tiras
del barrio con la murga de la parroquia. La idea era sencilla: ofrecer un
espacio sano, con líderes positivos, contención y mucho amor. Y la negra se
copaba: tiraba cada patada como si fuera la última, y en las salidas se pintaba
de brujita o payaso, lo que resaltaba esa sonrisa que no quiero olvidar nunca
más.
Recién llegado, y sin ninguna
experiencia, Fati me llamó la atención desde el principio: era la primera en aparecer
y la última en irse, como si quisiese detener ese instante y gozarlo con
inocencia, como solo los nenes saben hacer.
Así estuvo todo ese primer año, allá
por 2006, pero luego de las vacaciones algo cambió. No se muy bien si era su
mamá biológica o del corazón, pero la cuestión es que la señora con la que
vivía falleció. En la villa es muy común que las mujeres críen, eduquen y cuiden chicos ajenos, verdaderos
ángeles de la guarda que Dios pone en el camino de los más pequeños. Para la
negrita fue la última oportunidad de ser feliz (?)
Luego de varios meses la vi cerca de
la cancha de Huracán fumando paco, me acerqué, nos abrazamos y le pregunté en
qué andaba su vida. Me contó con lujo de detalles como un “tío” decidió darle
cobijo en su casa con la condición de atenderlo a él y a todos sus amigos,
muchas veces a cambio de paco, que ayudaba a no sentir. Me dijo que no podía
charlar mucho porque estaba trabajando: con sus quince añitos empezó a
frecuentar la Avenida Amancio Alcorta, famosa por los camioneros y autos que
levantan chicos y chicas para tener diez minutos de sexo frío y desalmado. Día
a día se iba encerrando en el infierno. Y sin embargo tenía esa sonrisa…
Esta changuita sobrevivió un par de
años así, entre pipas, forros y volquetes de basura, padeciendo sífilis, VIH y
TBC. Su adicción al paco se hizo fortísima y toda estrategia por parte de la
parroquia quedaba corta. Me acuerdo que una vez, hace dos años y a raíz de un
posible embarazo que no fue tal, logramos que una voluntaria del Hogar de
Cristo la llevase unos días a su casa. En familia, con mimos y dulce de leche,
tratamos que madure la idea de una internación pero no le dio el cuero.
Desde ese día no la vimos más.
¿Seguirá viva? Quien sabe…
De tanto en tanto, cuando voy a
rezar a la parroquia de mi barrio veo la imagen de la Virgencita de Fátima y la
veo sonriendo. No puedo dejar de imaginarme a la negra y sus harapos que
brillan como la aurora… y esa sonrisa…

No hay comentarios:
Publicar un comentario